La tierra transparente.
Blanca Andreu.
Premio Laureá Mela de Poesía 2001.
Colección Contrapunto,
Sial ediciones,
Madrid 2002.
110 páginas.
En 1988 Blanca Andreu publicó Capitán Elphistone. Han transcurrido catorce años hasta la publicación de un nuevo libro, La tierra transparente, galardonado con el Premio Laureá Mela de Poesía 2001. Esta autora siempre ha buscado hacer algo distinto en cada poemario, distanciándose del conformismo que en no pocas ocasiones se premia y en el que suelen caer muchos poetas. Ahora, después de un largo período de silencio, Blanca Andreu vuelve a darle un giro nuevo a su poesía.
Decir que La tierra transparente es un libro de poesía mística sería simplificar en exceso su temática y quedarnos sólo en la superficie. Desde su primera entrega, De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall (Premio Adonais de Poesía en 1980), la mística ha sido uno de los pilares fundamentales en su obra. Hasta La tierra transparente la suya podría ser denominada como una mística atea. Esta aparente contradicción surge del enfrentamiento entre el ateísmo contenido en los poemas (“un pájaro es un ángel inmaduro”) y el léxico que usa, en el cual quedan patentes numerosas referencias que nos sugieren una aproximación a un estado místico: el cielo, los ángeles, el vino, los ciervos... Elementos que gravitan alrededor del eje de un misticismo muy personal y que aparecen constantemente en sus versos. Esta vocación divina se presenta de forma más diáfana en su último libro, siendo no una mística atea, sino una mística pura, transparente y en clara ascensión, donde el dios de Báculo de Babel (1982) se ha convertido ya en Dios.
Hablar de poesía mística supone volver inevitablemente la mirada a la tradición española: San Juan de la Cruz. Existen evidentes conexiones entre el Cántico espiritual y la poesía de Blanca Andreu. La naturaleza del poema de San Juan, entendida como una creación de la divinidad, está asimilada por la autora. De esta manera, el mismo ciervo del Cántico espiritual aparece a lo largo de la obra de Blanca Andreu, y más concretamente en La tierra transparente como “un símbolo del alma del amado”. En “Visión de un ciervo (intermedio)” los dos poemas que componen esta sección nos hablan del ciervo, relacionado con un amor capaz de aliviar la soledad y también con el agua, el río, la navegación. Los animales en sus anteriores poemarios, si bien apuntaban a un amor elevado, reducían lo sagrado a una simple cuestión visceral (“Ángel y búho /... / así hermanos en la ferocidad”), mientras que ahora funcionan a la inversa, actuando como enlaces entre lo físico y lo divino. Pero el ciervo no es el único animal con el que Blanca Andreu simboliza la unión con Dios o con el amado en una clave mística. Para expresar esa experiencia amorosa recurre a palomas, alondras, tórtolas, corzas, antílopes, caballos, mariposas, y muy especialmente a delfines: “llegan ciervos / que son delfines”.
El entorno idílico en el que se desarrolla el Cántico espiritual de San Juan es sustituido en el último libro de Blanca Andreu por ese espacio que encontramos ya desde el mismo título: la tierra transparente es el mar. El escenario ha cambiado, pero de ninguna manera la vía que llevaba al Señor o al amado. Es decir, el ciervo sigue estando presente como hemos visto, pero su figura muda junto con el paisaje. El nuevo ciervo del agua es el delfín, “ballestas de plata / sobre los matorrales / de la espuma”. En las dos secciones tituladas “Marinas” y “Marinas (continuación)” asistimos a la metamorfosis del mar en un dominio de dimensiones místicas, un cántico espiritual sumergido, “un cielo / donde tocara tierra mi nostalgia”. El mar es un espejo donde Blanca Andreu se asoma para sentir lo sagrado, un reflejo del cielo que no sólo le devuelve una visión celestial de la existencia, sino que acaba por incluir la naturaleza de San Juan, sembrando las aguas de “hierbas azules”, de “pétalos salados / y perfumes de plata”, poblando esos bosques oceánicos con los equivalentes marinos de los animales del Cántico. Incluso el vino se ha teñido de color azul, pasando de tener unas connotaciones eróticas cuando era rojo a ser el fruto que nace de las tierras místicas que laten bajo las aguas. Y si el paisaje y todos sus seres vivos han sido bautizados, los navíos y los barcos se han angelizado. Así, Blanca Andreu dirá que “Las alas de mi barco / parecían / las alas de un arcángel de madera / que inclinado bebiera los océanos”. La navegación adquiere por lo tanto un significado trascendente, y esos nuevos ángeles que vuelan sobre las olas acompañan en el ascendente camino hacia la divinidad.
Además de una mística de raíces cristianas, en la sección “La isla de la elefanta” la autora nos conduce al misticismo de la India. Ya en el primer poema se puede apreciar cierta relación con el poeta y santo Basavanna, uno de los más importantes vakanakaras del período de esplendor de las vacanas -composiciones lírico-religiosas-, comprendido entre los siglos X y XII. El último verso, “oh Padre de las aguas”, parece un eco del vocativo empleado por el hindú para nombrar al dios Siva: “Señor de los ríos encontrados”. En ambos casos la invocación cierra el poema y hace referencia al agua.
Esa vinculación entre la divinidad y el agua que, como hemos visto, queda patente en todo el libro, vuelve a ponerse de manifiesto en el poema “Maestro”, de la sección “El monasterio de la luz”. Blanca Andreu ve en la pureza del agua la pureza del corazón de Vicente Ferrer.
El mismo lenguaje poético se impregna de la experiencia mística. En el poema “Marina del color de amor” ese amor por Dios sólo se puede expresar por medio de la estrofa y el “verso azul”, por palabras que resplandecen junto al cielo y a las estrellas, por un canto que ha nacido “como agua clara / recién salida de la piedra” y que es limpio y certero en su camino hacia la más alta unión pues únicamente discurre por el cauce de la verdad.
Blanca Andreu crea y recrea en La tierra transparente una visión –en todos los sentidos de la palabra- mística de la realidad. Una visión que hereda, interioriza, y que sin duda enriquece con su propia voz.
sriaurobindo
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